abrir la puerta

 

 

Pregunta: Anhelo el silencio, pero veo que mis intentos para alcanzarlo son cada vez más lastimosos a medida que pasa el tiempo.

Krishnamurti: Ante todo, no podéis anhelar este silencio; no sabéis nada sobre él. Aun cuando lo supierais, no sería así, porque lo que conoceríais no sería lo que es. Tiene uno pues que andar con mucho cuidado para no decir nunca “yo lo sé.”

Señor, mirad, lo que conocéis lo reconocéis. Os reconozco porque os encontré ayer. Como entonces oí lo que decíais y vi vuestro modo de ser, digo que os conozco. Lo que conozco ya es del pasado, y desde ese pasado puedo reconoceros. Mas este silencio no puede reconocerse; en él no hay proceso alguno de reconocimiento. Esto es lo primero que hay que comprender. Para reconocer algo tenéis que haberlo experimentado ya, haberlo conocido, o tenéis que haber leído sobre ello, o alguien tiene que haberlo descrito; mas lo que se reconoce, lo que se conoce, lo que se describe, no es este silencio porque nuestra vida es tan superficial, tan vacía, tan monótona, tan estúpida, que queremos escapar de toda su fealdad. Mas no podemos escapar de algo tan deplorable. No podemos huir. Lo que tenemos que hacer es comprenderlo, y para comprender algo es preciso que no lo rechacéis, que no escapéis. Debéis tener un gran amor, un verdadero afecto por aquello que queréis comprender. Si queréis comprender a un niño, no podéis obligarlo o forzarlo, ni compararlo con su hermano mayor; tenéis que mirarlo, observarlo muy cuidadosamente, con ternura, con afecto, con todo lo que tengáis. Del mismo modo debemos comprender eso tan mezquino que llamamos nuestra vida, con todos sus celos, conflictos, desdichas, afanes y sufrimientos. De esa comprensión viene una cierta paz, que no podéis buscar a ciegas.

Tal vez ya os es conocida aquella bonita historia del discípulo que fue a ver a su maestro. Éste se encontraba sentado en un hermoso jardín, bien regado, y el discípulo vino a sentarse cerca de él, no enfrente, porque sentarse directamente ante el Maestro no es muy respetuoso. Así, sentado un poco a un lado, cruza las piernas y cierra los ojos. Entonces el Maestro Pregunta: “Amigo mío, ¿qué estás haciendo? “ Al abrir los ojos el discípulo dice: “Maestro trato de llegar a la conciencia del Buda”, y cierra los ojos de nuevo. Poco después el Maestro coge dos piedras y empieza frotarlas una contra otra, haciendo mucho ruido; así, el discípulo desciende de su gran elevación y dice: Maestro, ¿qué estáis haciendo?” El Maestro replica: “Estoy frotando estas dos piedras para convertir una de ellas en espejo.” Y dice el discípulo: “Pero, Maestro, seguramente que nunca lo conseguiréis, aunque las estéis frotando durante un millón de años.” Entonces sonríe el Maestro y responde: “De la misma manera, amigo mío, puedes estar sentado así durante un millón de años, y nunca llegarás a lo que estás tratando de alcanzar,” y eso es lo que todos estamos haciendo.

Todos adoptamos posturas; todos queremos algo, andamos a tientas en busca de algo, cosa que requiere esfuerzo, pugna, disciplina. Pero me temo que ninguna de estas cosas abra la puerta; lo que sí la abrirá es comprender sin esfuerzo; simplemente mirar, observar con afecto, con amor, mas no podéis tener amor si no sois humildes; y la humildad sólo es posible cuando no queréis ninguna cosa, ni de los dioses ni de ningún ser humano.

La mutación psicológica
Krishnamurti

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